Hoy era importante escribir (ya que otros proyectos no nos permiten escribir con la regularidad de antes), porque Ratzinger vino a México (a pesar de la oposición de una minoría entre la que nos incluimos). La necesidad que los grupos de control tienen por mantener aletargada y sumisa a la gente es obvia, y el que “Benedicto XVI” esté en estos momentos en suelo mexicano no es casual si consideramos los siguientes factores:
- Es año electoral y políticamente sensible (si no era la visita de estado, ¿por qué no vino después del 2 de julio?).
- La izquierda en México se perfila como alternativa “única” ante los pasados 70 años del PRI y 12 del PAN.
- La derecha simpatiza desde siempre con la Iglesia Católica coincidiendo en puntos de interés político.
Tanto Vicente Fox como Felipe Calderón han hecho viajes al Vaticano, viajes en los que han dejado asomar el hecho de que la Iglesia y el Estado no están separados. Todavía el año pasado en abril, Felipe de Jesús Calderón estuvo como invitado especial en la ceremonia de beatificación de Juan Pablo II (algo muy benéfico para México claro). Y Enrique Peña Nieto no ha sido la excepción, tan sólo basta recordar sus recorridos al Vaticano incluso con fines “amorosos”, en los que la pareja de la “tele” demostró como será el futuro del México posiblemente gobernado por Peña Nieto en agenda religiosa. Ni siquiera Andrés Manuel López Obrador se ha podido mantener al margen de esta visita, para la que afirmó asistiría a misa y “saludaría” al Papa Benedicto, pero no públicamente.
Penosamente para los católicos, existe el hecho de que el Vaticano opera tanto como un Estado y como una empresa corporativa al mismo tiempo. Recordemos que en la beatificación del ahora santo Juan Diego, Sabritas y Pepsi patrocinaron dicho evento. No sólo se trató de ese patrocinio en el que se incluye un intercambio económico, sino también el ceder los derechos de explotación de imagen de la Virgen de Guadalupe y el entonces beato Juan Diego (copyright IRC) para tenerlos en las etiquetas auto-adheribles que venían dentro de las bolsas de papas o en las etiquetas del mismo refresco. La administración de la fe católica se ha regido según políticas de estado en las que las decisiones se toman según convenga a los que están en el poder en ese momento, y por políticas financieras y económicas en las que se acaba por convertir algo supuestamente inconmensurable y sagrado en un producto chatarra, relegado a estar de un altar a un costado del refrigerador o de algún otro aparto electrodoméstico. Hoy Chrysler, AeroMéxico y Bimbo son sus patrocinadores, muy católicas las empresas (aunque Bimbo siempre ha sido fiel simpatizante del clero religioso).
La manifestación de una oposición a la visita del Papa en estos tiempos es amplia, pero como antes mencioné, sigue siendo cosa de minorías. Sin embargo destacan grupos en Facebook y Twitter, los ataques de Annonymous a las páginas web del gobierno estatal de Guanajuato, México y el Vaticano, y algunas organizaciones civiles. El que exista oposición no es algo de poca importancia, ya que pesan sobre los jerarcas católicos acusaciones de encubrimiento a pederastas, donde sobresale mucho el caso de Marcial Maciel, que ha sido recordado ampliamente frente a Benedicto, según recientes informes. También está la enérgica protesta a la reforma del artículo 24 constitucional que el Foro Cívico México Laico hace a la cámara de senadores.
Existen varias razones para no dar ninguna bienvenida al Papa alemán (quien desfiló en las juventudes hitlerianas, por más que se empeñen en matizar o ocultar el hecho los apologistas católicos), y es que incluso con dinero de los impuestos que pagamos todos los no católicos (que en suma no somos precisamente una minoría) se financia la lujosa estadía del pontífice en México. La ambigua dualidad Estado-Religioso (que parodia a la S. trinidad) es muy útil porque pueden evadir las críticas respecto a su visita, ya que cuando lo requieran puede ser de estado o bien pastoral.
Consultar también:
- “La voluntad de no saber” – Ex padre Alberto Athié Gallo
- MarcialLeaks en homozapping
- Significado de “Maximvs Pontifex”
Por Gerardo Fernández Casanova
Apegado como soy a las formas democráticas en boga, atendí la recomendación de varios amables lectores en el sentido de eliminar el lema “que el fraude electoral jamás se olvide”, en términos de evitar su interpretación como afán de revancha. La prestigiada firma Mito & Cía. aplicó la correspondiente encuesta y a sus resultados me someto. Perdí. Sólo me queda esperar que la organización electoral alcanzada evite que se repita el agravio. Ojalá jamás se olvide. Cumplido el trámite me avoco a desahogar el tema.
¿A qué vino Biden? Sencillamente a recordarnos que el imperio es el imperio y no admite desviaciones. ¿A qué fueron los candidatos? Dos fueron a darle la garantía de que México seguirá uncido a los intereses de la seguridad nacional de los Estados Unidos y, el tercero, a iniciar una negociación en que la seguridad de ambas naciones depende de que acá impere la justicia y se logre el bienestar de la población. Mientras que la panista y el priísta ofrecieron mantener la lucha armada contra la delincuencia organizada y el narcotráfico, López Obrador plantea una relación respetuosa en la que, en vez de la cooperación militar, se produzca una eficaz colaboración para la regeneración nacional.
Este es un asunto toral. Muchos opinan que AMLO nunca debió acudir a la convocatoria del vicepresidente de los Estados Unidos que, ciertamente, nada tiene que decir respecto de lo que los mexicanos tenemos que decidir sin intervención extranjera alguna. Es verdad, pero resulta que para nuestra desgracia tenemos una frontera común de 3 mil kilómetros y una retahíla de tratados y convenios que imbrican ambas economías, además una asimétrica relación política. El gobierno de la Regeneración Nacional tendrá un muy largo trecho de negociaciones que realizar con el gobierno del vecino que, necesaria y convenientemente tendrán que conducirse por los canales de la diplomacia, en los que los únicos apoyos válidos serán la legitimidad, la honestidad del gobernante y el respaldo popular. La soberanía es una facultad que se forja en el respeto a la voluntad popular y se fortalece ejerciéndola con veracidad y respeto a los demás. Lo cortés no quita lo valiente.
Los desafíos que implica la concreción del Nuevo Proyecto de Nación hacen que la relación con el vecino del norte sea especialmente esmerada. De nada serviría, por ejemplo, decretar unilateralmente la cancelación del capítulo agropecuario del TLC por más dañino que sea, si en represalia se produce un embargo de suministros necesarios para el país. De nada servirían los desplantes inflamados de patriotismo si, a fin de cuentas tendremos que sentarnos en una mesa a negociar en términos de mutuo respeto, que no abyección. No será sencillo racionalizar las exportaciones de petróleo crudo conforme al interés nacional, cuando Washington lo incluye dentro del esquema de su seguridad energética. Tampoco será fácil conducir una política soberana en el combate a la delincuencia, cuando su diseño actual resulta funcional a los intereses gringos. Igual sucede con el trato a los migrantes mexicanos en suelo de aquel país. Es toda una maraña de asuntos que tocan a la relación bilateral que o se llevan por los cauces diplomáticos o no tendrán posibilidad de solución.
La presencia de Andrés Manuel en la reunión con Biden y los planteamientos formulados en la misma, se apegan a la propuesta de gobierno en su capítulo de relación con el exterior, que no se agota en la relación con los Estados Unidos sino que postula un reforzamiento de la relación con América Latina y con el mundo en general, incluso para que la solidaridad mundial contribuya a un mejor equilibrio en la asimétrica relación bilateral.
La lucha tendrá que ser intensa. La regeneración nacional pasa necesariamente por una relación de mutuo respeto con Washington, más vale comenzarla y llevarla por las buenas, por lo menos mientras la fortaleza del imperio dure.
Por Gerardo Fernández Casanova – 08/02/2012
“Que el fraude electoral jamás se olvide. Ni tampoco los miles de muertos inocentes.”
Parece que el discurso de moda en el mundo es el de la austeridad gubernamental. Austeridad es la exigencia del Fondo Monetario Internacional y de las agencias financieras europeas, dirigida a las naciones del viejo continente que enfrentan severas crisis de insolvencia, particularmente Grecia, Portugal, España e Italia, pero que apunta hacia la generalización continental y mundial. En los Estados Unidos, los republicanos exigen austeridad y acotan al demócrata Obama. Austeridad ha sido la receta aplicada por la nefasta administración pública mexicana. En general, los gobiernos de la derecha neoliberal se forman en las filas de los austeros. Por su parte, la izquierda también postula la austeridad como norma de aplicación a la administración pública. En México AMLO es campeón en cuanto al discurso que la postula y reclama. Pareciera increíble.
Pero hay de austeridades a austeridades. La de la derecha global se aplica como recortes al gasto público destinado al bienestar social: salud, alimentación, educación y cultura, en tanto que derrocha recursos públicos en el pago de deudas de origen artificial, rescates de negocios privados con dinero público, elevados bonos y salarios a burócratas y directivos bancarios ineficientes o ladrones; en Grecia y en Italia hasta se dieron el lujo de imponer a sendos tecnócratas para instrumentar el recortadero. En México todas esas cosas ocurren bajo la dirección de un “estadista global” galardonado en la cueva de Alibabá mundial con sede en Davos. O sea que, como de costumbre, los costos de los errores de los financieros privados y públicos sean pagados por quienes no tienen capacidad de escudarse en “los mercados” ni de chantajear con los retiros de capitales: los jodidos, que en todo el mundo abundan. No es pues de extrañar la respuesta social a tales agravios; los indignados y los ocupas son movilizaciones de protesta ante el atropello a los derechos mínimos al bienestar conculcados por las medidas de austeridad impuestas. En las ciudades mexicanas no pasa un día sin que se registren manifestaciones, cierre de vialidades, tomas de oficinas públicas y demás formas de expresión del descontento social acumulado.
Por su parte, del lado de los progresistas se postula la austeridad republicana para acabar con los regímenes de privilegios a las grandes empresas transnacionales y a los salarios exorbitantes de la alta burocracia, siempre acompañados por el dispendio y la corrupción. Se trata de que los recursos presupuestales –que son dineros del pueblo- se apliquen en el bienestar de la población, a través de los programas de salud, nutrición, educación, vivienda, cultura y pensiones; en la obra pública de infraestructura generadora de empleo e impulsora de la actividad productiva. Es un asunto de justicia, pero no nada más de justicia se trata, sino de regenerar el círculo virtuoso del crecimiento de la demanda interna que arrastra al fortalecimiento de la actividad productiva y que, si es sustentable y respetuoso de la naturaleza, genera y distribuye la riqueza. No es extraño que tal proyecto sume el apoyo de los verdaderos empresarios nacionales.
El proyecto neoliberal estimula la competencia, pero la concibe como aquella que busca atraer las inversiones del capital internacional a base de ofrecer los menores costos fiscales, laborales, ambientales y de recursos naturales para, con ello, montar instalaciones productivas para exportar a los mercados de los países más ricos. El modelo progresista aspira a un estado que combata a los monopolios pero que, más que competitivo, sea esencialmente competente para cumplir su función proveedora del bienestar de la sociedad; no se ignora el beneficio de la inversión, incluso foránea, siempre que concurra positivamente al progreso general sin privilegios.
Así se contempla en el Nuevo Proyecto de Nación y sustancia la oferta política de Andrés Manuel López Obrador en la contienda por la presidencia de la república, quien va hilando fino para sumar grupos y sectores. Saludo la adhesión de Cuauhtémoc Cárdenas, que me hizo recordar con emoción a Heberto Castillo, y la del Sindicato Mexicano de Electricistas, baluarte de la resistencia contra la ignominia neoliberal. El proyecto es incluyente por razón de que, a contrapelo de las exigencias de los que sólo buscan privilegios, se opta por la apertura de las compuertas de las fuerzas productivas para progresar.
Por Gerardo Fernández Casanova
“Que el fraude electoral jamás se olvide. Ni tampoco los miles de muertos inocentes.”
El trayecto histórico de México ha sido marcado por las rupturas de procesos de formación cultural y la imposición de modelos exógenos, algunos de ellos sembrados por la fuerza de las conquistas y otros con la tersura de la imitación extra lógica de modelos de vida “modernos”. La conquista española destroncó el régimen cultural autóctono; el liberalismo decimonónico destroncó el producto cultural mestizo que se pretendió reemplazar por el perfil afrancesado, el que, a su vez, ha venido a ser sustituido por el estilo de vida gringo. Hoy reconocemos, por lo menos en el discurso, que somos una nación pluricultural para enfatizar en la recuperación de los grandes valores de la cultura de los pueblos originales y atinadamente los exaltamos, pero no aplicamos el mismo énfasis en distinguir y exaltar los de la cultura mestiza, tal vez por la suposición de ser ésta la forma de vida dominante, con lo que la hemos venido perdiendo al aceptar graciosamente santocloses y jalogüines, nilones y jotqueis, etc.
Es en estos términos que no hemos acabado de construir una verdadera identidad nacional que valide nuestra definición como nación pluricultural. Anoto que el régimen postrevolucionario, con la indudable participación de Vasconcelos, adoptó el postulado de conformar tal identidad, propiciando expresiones culturales que fuesen de aceptación universal que, no obstante tremendos errores, aún prevalecen en el espíritu por el que habla la raza. Pero poco duró el esfuerzo desplazado por el afán “modernizador”.
Difícilmente podremos aspirar a la regeneración nacional si no atendemos a privilegiar y enriquecer una cultura propia, una que pueda concurrir al concierto universal aportando al mundo y recibiendo los valores que sean idóneos, sin ser necesariamente modernos. Nos es indispensable contar con un mínimo común identificador para construir el México Nuevo.
Hay el riesgo inminente de confundir el concepto del progreso y entenderlo como simple crecimiento; una de las imposiciones culturales más nocivas fue la de definirnos como subdesarrollados y de adoptar como objetivo nacional el desarrollo, entendido éste conforme al modelo vigente en las naciones que se consideran a sí mismas como desarrolladas. En todo caso, el progreso tendría que delinearse en términos de ser el camino para proveer a la felicidad y el bienestar de la población, en correcta armonía entre sí y con la naturaleza, que se enriquezca con las peculiaridades de la cultura y de la dotación de recursos de que disponemos.
Aquí el estrecho vínculo entre cultura y economía. En el siglo XX adoptamos un modelo industrializador basado en la sustitución de importaciones. ¿Qué importábamos? En gran medida los artículos de consumo propios de culturas ajenas, incluso nos dimos el lujo de propiciar importaciones de productos innovadores para luego sustituirlas (caso de las fibras sintéticas). Adoptamos acríticamente las formas de consumo -una de las más importantes expresiones culturales- de los países desarrollados y, en cambio, abandonamos la producción y el consumo de los satisfactores auténticos y autóctonos. De ahí que se construyera un importante aparato industrial altamente dependiente del exterior y de escasa eficiencia comparativa. Incluso el esfuerzo tecnológico se orientó, en gran medida, a tratar de hacer mejor lo que en otros sitios se producía. Para redondear el suicidio, llegaron los tecnócratas neoliberales y dieron al traste con lo que, bien que mal, se había construido para, ahora, adoptar un nuevo modelo exportador por el que importamos lo que consumimos y producimos lo que otros consumen, así de aberrante. Mientras, la naturaleza se degrada por la sobreexplotación y la miseria del desempleo cunde como plaga maldita.
Saludo con entusiasmo la constitución de MORENA Cultura y hago votos porque contribuya eficazmente a enriquecer los muy valiosos contenidos que sobre la materia contiene el Nuevo Proyecto de Nación. No se trata de simplemente ganar la presidencia de la república, sino de dar lugar al cambio verdadero que ha postulado Andrés Manuel López Obrador.
Por Gerardo Fernández Casanova – “Que el fraude electoral jamás se olvide. Ni tampoco los miles de muertos inocentes.”
Los dueños del negocio de la televisión, insatisfechos de la experiencia de las dos administraciones panistas, decidieron tomar el poder sin intermediarios; ahora van con candidato propio y aplican en ello el enorme poder de que disponen; crearon la figura, diseñaron y aplicaron el formato, maquillaron al engendro logrado y lo subieron a pantalla para actuar conforme al guión de telenovela favorito. Enrique Peña Nieto es la estrella y México el escenario. Por lo pronto, en su proyecto privatizador, ya se adueñaron del PRI, de manera tan sutil que los priístas aún se creen dueños de las decisiones de su partido. El verdadero adversario en la contienda electoral del año próximo no es otro que Televisa; Peña Nieto no es más que la mercancía a vender, la que quedará absolutamente sometida al poder que la creó e impuso, que también la puede destruir en caso de falla.
El asunto es grave. No se trata nada más de que la derecha conservadora se mantenga en el poder (de suyo aberrante) sino de que una empresa, por sí sola, se haga del poder absoluto. Ya tenemos ciertos avances con la actual forma de gobernar a base de golpes de propaganda, mentira sobre mentira, creando imágenes bonitas para los amigos y borrando del mapa a los que no lo son; otorgando prestigios y desprestigios a su antojo, contando con una masa descerebrada que obedece sus dictados disfrazados de noticias o análisis; aderezados de teletones altruistas, efemérides patroteras, telenovelas enajenantes, concursos inanes, comicidades degradantes o violencia impresionante.
Me viene a la mente un botón de muestra, a sabiendas de que corro el riesgo de involucrarme en el desprestigio que la televisora generó: me refiero al caso de René Bejarano a quien se le endilgó el venenoso apodo de “el señor de las ligas”. En un juicio sumario basado en la imagen de un video en que el sujeto recibe una tamalada de billetes, convirtieron a un dirigente social y servidor público comprometido en el villano favorito, sin dar lugar a explicación alguna; simplemente lo destruyeron en el afán de destruir al, ya para entonces peligroso, Jefe de Gobierno del Distrito Federal. No obstante que en los propios videos queda claro que la recepción del dinero no implicaba compromiso alguno de contraprestación: a la petición de Ahumada de que interviniera ante AMLO para que cesaran las auditorías a sus contratos de obra, Bejarano respondió en el sentido de no poder comprometerse por conocer la actitud del aludido. Bejarano fue defenestrado y sometido a proceso penal, tanto por el ministerio público local como por el federal, del que resultó exonerado por no acreditarse delito alguno en su actuación. Además de haber quedado claro el complot armado en su contra. Pero el daño estaba hecho y Televisa, en calidad de juez, había dictado su sentencia condenatoria inapelable. Del árbol caído todo mundo quiso hacer leña, incluidos sus conspicuos compañeros de partido: eliminado Bejarano, los chuchos pudieron adueñarse del PRD; mucha gente de buena fe cayó en el engaño y se avergüenzan por el enlodado. Bejarano reconoció errores y continúa su lucha política. Es hora de reconocerle el prestigio robado.
En contraste de lo ocurrido con el caso Bejarano, el del llamado Pemexgate, que transfirió mil quinientos millones de pesos de PEMEX a la campaña de Labastida en el 2000, ha pasado al olvido, sin procesados ni defenestrados. Todo queda en familia y la televisora es pariente: perro no come perro.
Estoy cierto de que mi generación no conoce de buenos gobiernos, pero podemos imaginarnos uno peor: Televisa y sus marionetas en el poder. Por favor ¡No lo permitamos!
Por Gerardo Fernández Casanova – “Que el fraude electoral jamás se olvide. Ni tampoco los miles de muertos inocentes.”
Con el inicio de los procesos electorales que tendrán verificativo en el 2012, las calles de las ciudades comienzan a vestirse de los fulgurantes retratos de quienes pretenden ser candidatos a algún cargo de elección popular. Algunos de ellos se valen del argumento de que anuncian el informe de sus fructíferas actividades como legisladores o ejecutivos locales; otros aparecen sin mayor explicación y sólo acompañados por el nombre de alguna organización desconocida. El más llamativo es el que se coloca en la parte trasera de los autobuses urbanos: si te toca tráfico pesado corres el riesgo de quedar justo detrás de tales unidades y tener que soportar la estúpida sonrisa de algún benemérito aspirante a héroe patrio: ¿De qué se reirán? Sin duda se han de estar riendo de mí y de tantos otros sufridos transeúntes; ellos han de suponer que al contemplar su efigie vamos a caer seducidos por tan vigorosa personalidad. Pero la venganza es dulce y pronta: nunca mejor empleado el arte urbano del grafiti volcado a hacer escarnio de la egregia figura para, justamente, quedar como culo de camión: enlodado y hasta atrás, merecido destino de la cínica autopromoción de los mediocres sometidos al yugo de las imágenes mediáticas. En el mismo tenor, la promoción propagandística de los “grandes avances” registrados en el país por la acción generosa del presidente de la república, es otra muestra de la mediocridad que le caracteriza. Tal promoción expresa la incapacidad de convencer con los hechos y las realidades que, en lo cotidiano, desmienten los dichos de la vil propaganda. Alabanza en boca propia es vituperio y también está destinada a enlodarse en el culo de la historia. Vista desde otro ángulo, la mediocridad se nutre con el afán de los meros poderosos de privilegiar a los aspirantes más anodinos (que no hacen daño). Merece su respeto quien maneja un discurso sin culpas ni culpables, sin proyecto reivindicatorio ni alternativa diferente a lo acostumbrado, que sea como la caca de paloma que ni huele ni hiede. El discurso puede ser cruel en el ataque al adversario en lo tocante a su capacidad de gobernar y hasta de su honradez, pero jamás enfilarse a cuestionar el modelo y el sistema vigentes. En caso contrario, el discursante es calificado como factor de división y como “un peligro para México”.
Para los anodinos todas las luces, las pantallas y los micrófonos para su promoción; para el disidente también, pero para su denostación. Es sintomático que en todos los espacios de análisis político de los levantacejas, el fantasma de Andrés Manuel está siempre presente en el centro de la agenda política para denostarlo, expresamente o por venenosos ademanes. Ahora las encuestas incluyen, además de la expresión de las preferencias afirmativas respecto de los candidatos, la correspondiente al nivel de rechazo, aquel por quien jamás se votaría. El político mediocre, al gusto del sistema, es aquel que logra pasar un discurso ramplón y sin compromisos, pleno de vacíos (valga el oxímoron) y de frases rimbombantes pero sin contenido. Para la mercadotecnia política –letal veneno contra la democracia- la venta del producto se logra con figuras bonitas y bien portadas, que no sean rechazadas, aunque tampoco preferidas. Al más puro estilo gringo: demócratas y republicanos se dan hasta con la cubeta en temas periféricos, pero sin poner en duda el sistema capitalista imperial. Recién colocaron al mundo al borde de una catástrofe financiera por el tema del endeudamiento y los recortes presupuestales, pero su gasto bélico quedó intocado. Así se quiere que en México las cosas sigan como están, sin que nadie ose ponerlas en duda. Según esto mediocridad mata alternativa. Es cierto, el discurso de López Obrador no pasa la prueba de la anodinia ni de la mediocridad ramplona; es el discurso que analiza la realidad lacerante y postula alternativas de solución; revela las causas de la crisis que nos golpea y denuncia a sus causantes. Lo malo del caso es que los causantes tienen el sartén por el mango y los medios por la bolsa. Con la iglesia hemos topado, Sancho. Lo bueno es que siempre serán los menos.
Gerardo Fernández Casanova – “Que el fraude electoral jamás se olvide. / Ni tampoco los miles de muertos inocentes.”
Dentro de las fronteras del absurdo, el invasor de la residencia presidencial convoca a la unidad nacional. Es un despropósito que, quien más ha contribuido al rompimiento del entramado social, pretenda restituirlo por la vía discursiva y lo condicione a que la unidad se dé en torno de su ilegítima posición. Felipe Calderón reclama la unidad para, supuestamente, combatir a la criminalidad y la violencia imperantes, en mucho provocada por su nefasta administración, sea por error de diseño o por aviesa intencionalidad. La unidad así planteada implicaría que la sociedad aceptara sin chistar la militarización del país, la cancelación de los derechos humanos y la resignación a sufrir en la zozobra del monopolio oficial de la violencia. No es por ahí.
Hasta en la más elemental de las sociedades la unidad se da en torno a la aceptación común de las reglas del juego y su correspondiente observancia por los participantes. Las constituciones y las instituciones son los instrumentos que permiten el acuerdo entre las partes para dirimir las diferencias y los conflictos de intereses. La actual debacle mexicana es producto natural del abandono y la violación de la norma básica, expresada en la prostitución de las instituciones colocadas al servicio de una minoría privilegiada y en perjuicio de los intereses de la mayoría.
El punto nodal que permite la coexistencia y la unidad en lo fundamental se ubica en el ejercicio de la democracia, de la que su vertiente electoral constituye el valor más preciado e importante. El México de la última década del pasado siglo había alcanzado un grado razonable de acuerdo entre las partes en materia de elecciones, después de años de luchas ciudadanas encaminadas a dar certeza y equidad a los procesos. Las elecciones de 1997 y 2000 fueron clara expresión de tal calidad institucional, aún muy lejos del ideal, pero con suficiencia para la aceptación de los resultados por las partes. La estulticia hecha gobierno llevó a Fox a romper el delicado acuerdo alcanzado; su enferma terquedad para eliminar de la contienda a López Obrador, que se vio frustrada por la movilización ciudadana, y la venganza orquestada mediante el fraude electoral que impuso a Calderón, acabaron de enterrar los esfuerzos de muchos años de construcción democrática. No haber aceptado el recuento de los votos, como era el reclamo de un importante sector de la sociedad, significó la puntilla del artero crimen contra la democracia. Es a partir de ello que el país quedó fracturado; más allá de la campaña sucia y de la indebida intervención de gobernantes y organismos empresariales, incluso de las carretonadas de dinero volcadas a favor del candidato oficial, las trampas cibernética y tradicional, determinaron el apretado resultado con el que se violó la voluntad y la soberanía popular.
Ya entrados en gastos de violaciones, el régimen ha sido más que explícito: como no cuenta con el respaldo social para reformar la constitución, promueve legislación secundaria que la viola en los hechos; así sucedió en materia energética y de pensiones, así se pretende hacer en materia laboral y de seguridad. ¿Cómo puede pedirse unidad nacional en tales condiciones?
La reconstrucción del país requiere de la regeneración del acuerdo fundamental, incluso mediante una nueva constitución. La única forma de unidad a que podemos aspirar es la que derive en la aceptación común de las reglas del juego. El Nuevo Proyecto de Nación propuesto por el MORENA postula el respeto a la decisión soberana de la mayoría popular, sin demérito a la participación de los grupos minoritarios. Respetémonos, pues.


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